16.3.05

- Perfume

Ayer, antes de ir a visitar a un cliente, me senté en un bar a tomar un café.
Era el típico bar que nunca creerías que pueda existir. Todo allí era propio; tenían puesta una película de Marisol en la tele, había jarroncitos de imitación de porcelana con flores de plástico en las mesas al lado de ceniceros llenos de colillas, y todas las piezas de la vajilla parecían desparejadas. Una especie de neblina gris, mezcla de humo y humedad, te hacía sentir fuera de los tiempos y espacios conocidos.
De repente entró un hombre; un paleta de la construcción o algo por el estilo, feo, pero muy limpio, con un mono azul eléctrico. Pasó por mi lado, y su movimiento dejó en el aire un rastro de olor de frutas.
Era tan dulce y fresco que aperecía intentar morder el espacio que dejaba tras de sí para saborearlo más intensamente. Al principio creí que me lo había imaginado; que no podía ser, que aquello estaba demasiado fuera de lugar. Pero volvió a pasar y volví a olerlo.
Me levanté rapidamente, pagué y salí corriendo.
No pude evitarlo; me entró un miedo terrible de que ese olor me dejara cautiva de mi olfato en aquel cuchitril y me obligara a ponerme un delantal de cuadros para mimetizarme con el ambiente.

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