Va por tí, cielo.
Hay noches en las que no tengo sueño. Cada vez son más. ¿¿Crees que se reproducen??
Hoy me he llevado una sorpresa. No ha sido agradable. Básicamente ha consistido en que alguien me ha notificado que me echa de parte de su vida. Es una decisión personal, intransferible y, simplemente comunicada, apoyada por un montón de razones que interpreto totalmente erroneas y muy desacertadas. Me ha parecido una decisión cobarde, pero es que he descubierto hace poco que cuando alguien se comporta de esta manera no vale la pena intentar razonar. En otro momento de mi vida, seguramente, habría gastado gran cantidad de energía en perseguir a esa persona que creo honestamente que se está equivocando, y habría intentado razonar con ella, explicarle cómo veo las cosas, por qué pienso que puede no tener razón. Ojo; a mí se me puede dar por imposible por un montón de motivos... Pero no por esos, joder. No por esos.
Lo que sucede es que ahora mismo tengo muy poquita fuerza, y prefiero reservarla para salir del circo de tres pistas (de burocracia, notarios, vaciar armarios, rellenar formularios o modelos oficiales, hacer algunos planes y reordenar un poco mi vida) en el que se ha convertido mi realidad cotidiana.
Así que he cogido toda mi perplejidad, toda mi sorpresa, toda la rabia que he sentido y me la he envainado. He intentado dejar claro que no estaba de acuerdo, que interpretaba que se trataba de una equivocación, y que si algún día esa persona está dispuesta a discutir sobre ello va a saber dónde encontrarme.
Aquí, querido lector, es donde aparece mi amigo Coco, recordándonos una vez más la diferencia entre Creer, Saber y Sentir. 
En los colegios, por aquí, se suele rodear estas festividades de una mística especial. Recuerdo con cariño cuando, de chiquitilla, pasábamos semanas peleándonos con ingentes cantidades de papel de seda y cola hasta conseguir un amasijo bicolor que pudiese recordar vagamente a una flor, o grapando pedacitos de papel llenos de garabatos hasta tener un símil de libro. Y entonces llegaba el día D, y salías de clase con el corazón en un puño y la carita sonriente, todo nervios, a penas conteniendo la emoción que suponía entregar esas obras de arte a tus padres, que venían a buscarte esperando ver esa “sorpresa” que llevabas tantos días anunciando. Besos, abrazos y agradecimientos en tardes soleadas en las que el calor empezaba a mostrarse, anunciando el principio del buen tiempo. Así fueron mis primeros San Jordis.
Y, de mayor, hay pocas cosas más bonitas que salir por la mañana un día cualquiera para descubrir que millares de rosas han tomado la calle, y pararte a babear ante los lomos brillantes de los libros que encuentras a cada pocos pasos. La gente pasea con cara de fiesta, llevando bajo el brazo el equivalente a esas manualidades de los críos, con las mismas sonrisas nerviosas e ilusionadas, el mismo nudo en el estómago. Porque por más tiempo que pase, para los amantes de esta fiesta, una rosa es más que una flor, y un libro más que resmas de papel impreso.


El otro día me convocaron a una reunión en el trabajo. El objetivo; conocer mejor la entidad que me paga el sueldo y la obra social de la misma. Vaya; comerme el coco (a mí y a 10 de mis compañeros) para que saliésemos de ahí transpirando corporativismo.
Antes que nada debo decir que lo pasé en grande y que me encanto cuanto me enseñaron (quedé francamente impresionada), y, en el plano personal, estoy encantada de trabajar en un sitio donde uno de los subdirectores (un tipo que debe cobrar al mes lo que yo en todo el año) destina media mañana a sentarse con un grupo de pelauvas y charlar alegremente con ellos (nosotros), que nos identificó a todos por el nombre (tengo asumido que debió empollarse las fotografías justo antes de que llegásemos) y se interesó por lo que queríamos contarle. Incluso (entre risas) valoró positivamente mi propuesta de establecer un plan de jubilaciones parciales a los 35 años.
A pesar de eso me apetecía reseñar algo que sólo sucedió en mi cabeza.

Colocar un mural, como los de Kaffeine, en alguna pared de mi casa. Me encantan, producen un efecto espectacular, y como no soy muy amante de los cuadros o láminas (a menos que sean buenos, y esos tampoco entran en presupuesto) me habría encantado colocar alguno, como el de la foto, en el comedor, por ejemplo. Finalmente he optado por hacer un apaño yo misma, y me siento bastante orgullosa del resultado.Excusa nº 1. He tenido problemas varios con el traspaso de los servicios de telefonica a mi nuevo número de teléfono.
Ya se sabe, una cosa que debería ser fácil y rápida se ha convertido en un calvario, todo gracias a la eficiencia de su servicio. Todo ello, claro, hasta que encuentras a alguien que sabe saltarse el guión (¿Ha reiniciado el router? A ver, que lo que quiero es asociar la url de mi ftp a mi nueva línea... Ya, pero... ¿Ha reiniciado el router?). Por fin todo se solucionó.
Excusa nº2. He andado liada. Desde que dimos por cuasi-terminado el piso la cosa ha ido del orden de dos cenas de inauguración por semana, más mi cumple (ya le voy viendo las orejas a los 30...), más cumples de amigos (que parece que todo el mundo haya nacido por estas fechas, coñas), exámenes del trabajo (sí, exámenes, de los que requieren estudiar), más otras miles de cosas.
Excusa nº3. En el fondo todo lo que puedo contar es lo de siempre, aunque con matices.
El piso donde aún vivimos está en la Barceloneta; un barrio de Barcelona ganado por entero al mar, que en un principio estaba destinado a ser una zona residencial de lujo, pero que por problemas de humedades, olores etcétera quedó para gente de clase humilde, casi todos pescadores, que dividieron los impresionantes pisos en dos o cuatro, dando lugar a los conocidos "cuarts de pis" (cuartos de piso), con una superfície media de 45 metros cuadrados. Con el paso de los años se ha convertido en una zona de muchos contrastes; hay una gran cantidad de inmigrantes, la gente del barrio de siempre y mucha juventud, porque se ha convertido en uno de los barrios de moda de la ciudad condal. Sus calles son estrechas (cuando miro por la ventana estoy casi en el comedor de los vecinos de enfrente) y las casas no son muy altas... A pesar de ello en mi piso no entra la luz directa del sol nunca, y tampoco hay mucha claridad, ya que sólo la cocina y el comedor dan a la calle.
En la esquina de debajo de casa hay una panadería, y a menudo me despierto con la casa oliendo a croisants recién horneados.
Hemos sacado de ahí 40 sacos industriales de porquería de los tipos y orígenes más variados. Desde gayumbos sucios a comida podrida. Absolutamente de todo. Así que entre otras cosas nos hemos encontrado con otra serie de bonitos gastos adicionales, como por ejemplo cambiar la cocina entera.
Según me han comentado una vecina y el portero resulta que los anteriores inquilinos eran unos cerdos. Vivían en unas condiciones deplorables y rodeados de basura, tanta que han causado una plaga de cucarachas en la escalera. Además causaban problemas en la comunidad, no pagaban alquiler ni los suministros, y al final vivían sin luz, gas ni agua corriente. Imaginaos cómo ha quedado ese piso. Lo de menos eran los reguerones de cera por todas partes; se han cargado el cuadro de luces (o eso parece), quemaron media cocina y dejaron el cuarto de baño tan asqueroso que daba auténtico asco. Creo que aunque las fotos hayan salido bien os la ahorraré. Creedme; os hago un favor.
Después de diez días esperando que la propietaria del piso diera señales de vida ayer llamé otra vez a la inmobiliaria. Esta vez la chica me dijo que ya había hablado con ella y que sabría algo a lo largo del día. Como sabéis, los jueves por la tarde hasta finales de abril las cajas abren por la tarde, y como la ley de Murphy dispone, la llamada de la inmobiliaria llegó a las ocho menos cuarto de la tarde, hora de cerrar al público, cuando tenía enfrente de mi ventanilla una cola de seis personas que querían hacer las gestiones más variopintas.
La chica de la inmobiliaria me dijo que al final no iba a poder ser, que la propietaria del piso había decidido que el hecho de que mi marido fuese autónomo y llevase tan poco tiempo por su cuenta no ledaba confianza, y que ahora pagamos un alquiler muy bajo. Me dijo que ella había insistido mucho en que se lo mirase con cariño, que veía que realmente estábamos interesados, que yo tenía un contrato indefinido, etcétera, pero que la señora se había mostrado muy inflexible.
El domingo quedamos con mi suegra. La semana pasada pusieron la ADSL en su piso y le hacía falta alguien para instalarle un poco de todo y, como todo el mundo sabe, para mis familiares de sangre y políticos hasta tercer grado, el papel de experta en ofimática lo ostento yo (Dios les pille confesados). Antes de liarnos nos fuimos a comer (madrugar los domingos, salvo en casos excepcionales, es algo que prohibe expresamente mi religión) y, a la vuelta, vimos unos anuncios de pisos en alquiler. Por zona y aspecto de la fachada parecían de lo más golosos, así que tomé nota de los teléfonos.
El lunes por la mañana llamé, y dio la casualidad de que los que no eran prohibitivos o ridículos estaban ya reservados. Sin embargo me ofrecieron uno de características apetecibles, y cogí hora para ir a visitarlo el martes.
El piso que vimos me pareció fantástico; un ático luminoso en una buena zona, tres habitaciones, baño y aseo, en un estado aceptable, con un salón enorme y un precio razonable, pero en la línea del mercado (o sea; una aberración que me puedo permitir si prescindo de lujos). Después de darle tres millones de vueltas, hablar mucho con mi marido, echar cuentas hasta quedarme bizca decidimos que el piso, realmente, nos interesaba.
Hoy miércoles a primera hora de la mañana llamo para hacer la reserva. Nadie me coge el teléfono. A la tercera intentona, puesto que tenía que salir un rato, dejo un mensaje en el contestador contándoles que quería reservar ese piso. Salgo a desayunar y hacer unos encargos y vuelvo a mi trabajo. Llamo de nuevo. Me cogen el teléfono. Explico el motivo de mi llamada y la chica me comenta, con voz de sorpresa, de que en ese mismo momento hay un chico formalizando la reserva de ESE MISMO PISO. Me cago en su madre veinte veces (educadamente, por supuesto) y pregunto para qué tienen contestador si no lo escuchan.
La chica me dice que ha sido un "desafortunado incidente". Me vuelvo a cagar en su madre, sus muertos y sus descendientes (pero con finura). La chica me dice que no me preocupe y que me acerque a la agencia a formalizar la reserva. A pesar de no entender nada, decido que será mejor pedir explicaciones en persona, así que cojo la moto y me acerco.
La chica me comenta que si realmente estamos interesados sólo hay una solución; que yo haga también la reserva, le haga llegar toda la información que me piden (certificados de solvencia, nóminas, recibos de mi alquiler actual, contrato de trabajo, fotocopias de DNI y la factura de mis bragas) y que el propietario del piso decida a quién se lo alquila.